domingo, 7 de noviembre de 2010

LAS ÓRDENES DE LA EDAD MEDIA

Texto extraído del libro Historia de la Santa Iglesia Católica de B.Herder.

La orden benedictina fundada en el siglo VI  por San Benito de Nursia en Italia y reformada luego por San Benito de Aniano disfrutó siempre de gran prestigio en lo pueblos del Occidente, a quienes en otro tiempo había educado para el cristianimo y la civilización.
Pero el sentimiento religioso así como el deseo de atender en lo posible a las nuevas exigencias del tiempo, dieron por consecuencia luego  la fundación de nuevas congregaciones monásticas, las cuales sobrepujaron más tarde en importancia e influencia a la antigua y meritísima orden benedictina. Así fundó al principio del siglo XI San Romualdo, en el valle de Camaldoli, cerca de Arezzo, la austera orden de los camaldulenses, dedicada a la más rigorosa vida ascética, y San Juan Gualberto al mismo tiempo la de Vallombrosa. En 1073, San Esteban de Tigerno instituyó en Francia la orden de Grammont, dedicada a la penitencia y al trabajo, y que prohibia poseer bienes de ninguna clase. Esta orden, en sus principios de tanta importancia, degeneró mucho en siglos posteriores por causa de las diferencias entre los sacerdotes de la misma y los legos, y se disolvió al fin en las borrascas de la revolución francesa. La orden de los cartujos fue fundada en 1084 por San Bruno de Colonia en un lugar desierto llamado Chartreuse (Cartuja), cerca de Grenoble, de donde le vino el nombre. Sus miembros están obligados a continuo silencio y se abstienen completamente del uso de la carne y el vino. Gastón, caballero francés, cuyo hijo se había librado por la intercesión de San Antonio de la terrible enfermedad que diezmaba en aquel tiempo a Francia, llamada fuego sagrado, fundó en 1095 la orden de los antonistas para la curación de los enfermos de la peste. En Citeaux (Císter), cerca de Dijón, fundó San Roberto de Molesme la orden de los cistercenses (1098), llamados así por el nombre del pueblo, donde residían. En 1113 entró en ella San Bernardo, que fundó la abadía de Claraval, y desde entonces fueron llamados sus miembros también bernardos. En 1100, Roberto de Arbrissel fundó la orden de Penitentes de Fontevrault para hombres y mujeres, y lo puso bajo las órdenes de una abadesa, en memoria de la Madre Dios. Esta orden se extinguió en el tiempo de la revolución francesa. San Norberto fundó en 1121 en el valle de Premontre, cerca de Reims, la orden de los pre-monstratenses, cuyos miembros alternaban los actos de la vida contemplativa con la predicación y el estudio. La orden de los humillados fue al principio una hermandad libre de italianos refugiados en Alemania, los que a causa de llevar la cabeza cubierta con birreta fueron llamados también birretistas. Empezó a principios del siglo XIII, pero fue suprimida por el Papa San Pío V en 1571, a causa de la indisciplina que penetró en ella. En 1180 fundó Lamberto el Beggh ( o el Begues) en Lieja la sociedad de los beguinos, o beguttas, que vivían en celdas particulares sin regla fija monástica, y que debían dedicar su tiempo al trabajo manual y a la educación de los jóvenes. Estos y los begardos que eran sociedades de hombres formadas por el mismo estilo, fueron perseguidos frecuentemente por la Inquisición a causa de sus errores fanáticos, pero a pesar de esto se han sostenido hasta nuestros días principalmente en Bélgica. Para rescatar cautivos cristianos del poder de los infieles, fundaron  San Félix de Valois y San Juan de Mata en 1198 la orden de los trinitarios. Análoga a esta fue la de Nuestra Señora de la Mercedes, fundada en España (1223) por San Pedro Nolasco y San Raimundo de Peñafort. A ella perteneció San Ramón Nonnato. San Pedro de Murone, más tarde Papa con el nombre de Celestino V, fundó en 1264 la orden de los celestinos, cuyos miembros además se llamaron ermitaños de San Damián.

La orden de los franciscanos fue fundada en 1208 por San Francisco de Asís. Después de renunciar a su herencia paterna, vivía al principio como ermitaño cerca de la Iglesia de Santa María de los Ángeles, llamada la Porciúncula; más tarde fundó aquí la primera casa de su orden. Otra análoga para mujeres fundó también el santo con el nombre de clarisas, que lo recibió de la primera superiora Santa Clara. Para los seglares que querían vivir según las reglas de la misma orden, sin entrar en un convento, insituyó una tercera orden llamada de los terciarios. A ella pertenecieron entre otras personas Santa Isabel de Turingia, contemporánea de la duquesa   de Silesa, Santa Edwigis, Santa Rosa de Viterbo y la santa penitente Margarita de Cortona. Después de una peregrinación a la Tierra Santa, donde fue recibido con honores por el mismo sultán, se retiró el santo fundador de la orden a la soledad cerca del monte Alverno. Allí fue agraciado con la impresión de las llagas de Cristo, y murió en Asis (1226). Francisco, llamado el serafín de Asís por su amor ardiente a Dios, fue por su piedad infantil, su relación mística con la naturaleza y su extraordinario amor a la pobreza, una de las figuras más extraordinarias y agradables en la historia de la Iglesia, habiendo causado en el mundo inmenso bien por su espíritu religioso. Los franciscanos, llamados también minoritas, es decir "hermanos menores" y descalzos, se dividieron a poco en las dos ramas de los conventuales, que tenían reglas moderadas, y los observantes, que se sujetaron a las primitivas; entre los últimos cuentase a San Antonio de Padua.

En 1216 fundó el insigne español Santo Domingo de Guzmán la orden de los dominicos, cuyos miembros fueron llamados también predicadores. Esta orden obtuvo importancia extraordinaria, no solo por su gran actividad en las misiones y en el cultivo de la ciencia, sino principalmente también por haberle conferido el Papa Gregorio IX en 1232 la dirección de la Inquisición. El mismo santo fundador se había propuesto por objeto en primer término la conversión de los albigenses, que infestaban el mediodiía de Francia, y consiguió en esta empresa resultados extraordinarios. Deben atribuirse estos a su elocuencia arrebatadora y sobre todo a la devocion del Rosario, que le había sido enseñado por la Santísima Virgen en una visión milagrosa. Domingo murió en Bolonia (1221).

La orden de los carmelitas fue fundada en el año 1156 por el cruzado Bertoldo de Calabria en el monte Carmelo, pero no obtuvo la sanción de la Iglesia hasta 1224, en que la aprobó el Papa Honorio III. Al sexto prior de la orden San Simón  Stock, de Cambridge, recomendó en 1251 la Virgen María, bajo grandes promesas, el uso del escapulario, que es un vestido largo pendiente de las espaldas. En esta forma solo lo llevaron los religiosos de la orden; los demás fieles que querían obtener las gracias prometidas, lo llevaron en forma muy reducida, adornado con la imagen de la Santísima Virgen. En 1322 anunció el Papa Juan XXII en Aviñon a los cristianos en una bula especial, que había tenido una visión, en que la Virgen María le recomendó de nuevo la orden de los carmelitas. Al mismo tiempo le había prometido que disfrutarían sus miembros después de la muerte su auxilio particular y que los sacaría lo más pronto posible, y con seguridad al sábado siguiente a su muerte, de las penas del purgatorio. Por esta causa se llama aquella bula también "sabatina".

La orden de los agustinos, que al principio era una sociedad de ermitaños, fue aprobada en 1256 con sujeción a la regla formada, según se dice, por San Agustín; sus miembros se dividieron con el tiempo en descalzos, calzados o recoletos y canónigos ( o capitulares). A esta orden perteneció entre otros San Nicolás de Tolentino, famoso por sus milagros.


La orden de los servitas fue fundada en 1233 por siete ricos comerciantes de Florencia, que repartieron sus bienes entre los pobres, y se dedicaron a la oración y la penitencia. Su objeto principal fue la veneración de los siete dolores de la Virgen. Un miembro de esta orden, San Felipe Benicio, fundó una congregación de mujeres parecida a aquella. Su primera superiora fue Santa Juliana de Falconeri.

De la clase de los caballeros, que en la edad media se distinguió en general por un vivo entusiasmo en favor de la religión y vida religiosa, se formaron en la época de las cruzadas las órdenes militares. De estas llegaron a tener mucha importancia las de los caballeros de San Juan, templarios y teutónicos.

La orden de los caballeros de San Juan fue instituída en 1048 por varios comerciantes italianos, que edificaron en Jerusalén una iglesia dedicada a San Juan, y un hospital para los pergrinos. Su objeto era, además de la prácitca de la caridad, dedicarse a combatir a los infieles. Después de la pérdida de Palestina, trasladóse la orden a Chipre, luego a Rodas y en 1530 a Malta, por lo que sus miembros fueron llamados también caballeros de Malta.


La orden de los templarios fue fundada en 1118 por nobles franceses para seguridad de los peregrinos que iban a la Tierra Santa, y obtuvo el nombre de su casa en Jerusalén, que ocupó el sitio del templo de Salomón. El rey de Francia Felipe IV el Hermoso, deseando apoderarse de las ricas posesiones de esta orden, dirigió contra ella las más graves acusaciones y obligó al Papa  Clemente V a disolverla en 1312. El rey hizo confiscar todas las posesiones de la orden, y morir e la hoguera al gran maestre de la misma, Jacobo de Molay, junto con otros cuarenta caballeros en París.

La orden teutónica fue fundada en Acre (1190) por unos ciudadanos de Brema también para la defensa de los peregrinos y de la Tierra Santa. En 1230 se marcharon los caballeros de la orden teutónica al Noroeste de Alemania para combatir a los prusianos, que aun eran paganos. La capital de la orden fue Mariemburgo; pero habiendo perdido la Prusia en 1525 por la apostasía del gran maestre Alberto de Brandemburgo, fue trasladada a Mergenthiem, donde permaneció hasta su disolución por Napoleón I.
Análogas a estas fueron las órdenes militares establecidas en España durante el siglo XII. Las más notables fueron la de Calatrava, fundada en 1158, la de Santiago, en 1170, la de Alcántara y la de Montesa. El objeto de la orden de Santiago, que siguió la regla de San Agustín, fue en principio proteger y guiar a los peregrinos que iban a Compostela, pero después se aplicó  a la guerra contra los moros. Esta orden formó un pequeño Estado entre los montes de Toledo, Sierra Morena y Portugal, llegando con el tiempo a tener extraordinario poderío. La de Alcántara, llamada al principio de San Julián de Pereiro, fue fundada por Don Suero y Don Gómez Fernández y aprobada por Alejandro III, que le dió la regla de San Benito. Conquistada la villa de Alcántara, tomó de ella su nombre esta orden. La extinción de la de los templarios dió motivo al rey Jaime II de Aragón para fundar la de Montesa , a la cual adjudicó los bienes que aquella poseía en Valencia. En 1400 se agregó a esta orden la de San Jorge de Alfama, y más tarde la militar de la Merced. Otras órdenes de menos importancias fueron la de las Palmas (1110), la de Montegaudio, la de la Banda (1318), la de la Paloma (1383), la del Grifo (1403), y en Portugal las de San Miguel (1167) y de Avis (1318).

Mientras las órdenes antiguas desplegaban una actividad grandiosa en todos los ramos de la vida pública, se formaron, ya muy avanzada la edad media, otras nuevas que se dedicaron con preferencia al fomento de la vida interior y contemplativa. Con este objeto fundó Juan Tolomei de Siena en 1313 la orden de los olivetanos, y en 1360 Juan Colombino, caballero de la misma ciudad, la de los jesuatos. El holandés Bernardo Groot instituyó la sociedad de los caballeros Fratres (1372), y Santa Brígida de Suecia otra que llevó su nombre. A mediados del siglo XV estableció Pedro Gambacorti de Pisa la orden Jerónima, y algo más tarde San Francisco de Paula (1508) la de los mínimos, o hermanos menores, que por su fundador fueron llamados paulanos.